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Pero
esta “masa silenciosa” espera respuestas concretas y no discursos.
La realidad de los suburbios es la miseria que se trata de esconder, es la
discriminación, es el desempleo. Y estas preocupaciones vacuas (aunque
consigan arañar algún voto indeciso) pronto pasarán si
no se percibe ninguna acción política por parte de los representantes
públicos.
Pocas veces en la historia de Francia se había visto de manera tan palpable el descontento social que reinó, durante unas largas semanas del otoño de 2005, en los suburbios de algunas de las principales ciudades francesas. Estas violentas revueltas sociales quedaron grabadas no sólo en la memoria colectiva, sino ahora -interesadamente- también en la de casi todos los candidatos a las elecciones del pasado domingo.
En París, los cantantes de rap y de hip hop -muchos de ellos involucrados directamente en aquellas revueltas-, apoyados por organizaciones de base, iniciaron hace un año una ambiciosa campaña para incitar al voto, de manera que los barrios marginales (como Seine Saint Denis, Val de Marne y Hauts de Seine) empezaron a cobrar una vital importancia de cara a las elecciones. La respuesta política a aquella “revuelta social” llegó de la mano de las Compañías Republicanas de Seguridad, la fuerza de choque de la policía francesa, y consistió en restablecer la “autoridad de la república” después de tres semanas de incendios y violencia. Para muchos, aquella fue la única respuesta.
En la práctica, el vínculo social entre esa Francia desconocida hasta 2005 y la otra, fundadora del proyecto social europeo, permanece roto. Y los candidatos lo sabían (y lo saben) y aprovecharon su oportunidad de hincar el diente y sacar algun rédito político desfilando por alguno de esos barrios. Todos lo hicieron; algunos lo convirtieron en un espectáculo mediático, y otros, como Le Pen, montaron una operación secreta para llevar allí a los periodistas sin que supiesen adónde eran llevados. La más simbólica –e irónica- fue, sin duda, la visita de Sarkozy, especialmente después de haber tratado de “chusma” a los jóvenes que por entonces quemaban coches cada noche.
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