
Todos los secretos de las elecciones presidenciales de la V República desde los primeros pasos del gaullismo a la nueva derecha de Sarkozy.
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La victoria de Ségolène
¿En qué habré fallado? Esta podría ser la pregunta que se planteaba ayer la candidata del Partido Socialista francés (PS), Ségolène Royal. Aunque es cierto que la aparición, el fulgor y el repentino estancamiento de la candidatura de Royal constituye un acontecimiento para el análisis, no debe ocultarnos lo esencial. Nadie puede llegar a la presidencia de su país sin contar con el apoyo interno de su partido. Quien lo intenta, aparece derrotado ante el electorado y, lo que es aún peor, humillado entre los suyos.
Desde hace unos meses, la posibilidad de ver a Royal como la primera mujer en convertirse en presidenta de Francia se fue debilitando –también entre aquellos que apostábamos por ella-. De hecho, ahora son muchos los que arguyen no haber creído nunca en la victoria de la socialista a la cabeza de un partido receloso de su líder. Su rápido ascenso se debió al sentimiento, muy extendido entre los franceses, de que el modelo político, social y económico del siglo XX quedaba obsoleto para el siglo XXI. Aclamar a Royal era protestar contra el estado actual del sistema político y, esencialmente, contra la generación del hasta ahora presidente, Jacques Chirac. Sin embargo, no había que ser un observador muy perspicaz para darse cuenta de que el apoyo popular hacia Royal no se desarrollaría con el aparato del PS a la contra. Mientras los ciudadanos ansiaban la renovación, los socialistas parecían no querer despertar de su estancamiento.
Cuando hace poco más de un año empezó a dejar claro que pretendía convertirse en la candidata socialista a la presidencia, los pesos pesados del partido que lidera su compañero, François Hollande, desde el anterior derrotado en 2002 Lionel Jospin, pasado por el ex primer ministro Laurent Fabius o el ex titular de Economía, Dominique Strauss-Khan, reaccionaron con indolencia. “¿Quién cuidará de los niños?”, se atrevió a decir uno de ellos. Una frase que quedó grabada en el imaginario popular y que, justamente, consiguió el efecto contrario que sus rivales pretendían. A partir de aquel momento, se convirtió en una especie de actual encarnación de la Marianne, el símbolo de la revolución francesa.
Y giró a la izquierda. Y entonces los franceses intuyeron que Ségolène Royal representaba ese giró que necesitan. Si no lo ha conseguido es por culpa de un PS demasiado lastrado por sus dinosaurios y por una izquierda demasiado lastrada por su pasado.