Cinco céntimos por el medioambiente

Andrea Martínez, Mª Dolores Galindo, Jorge Moragón, Elena Moratalla, María Belén Más, Midori Camblor, Alex Voytyuk

Las bolsas de plástico forman desde hace años del paisaje de las grandes ciudades, ya sea en las cajas de los supermercados o en las esquinas de las calles y en los bordes de las carreteras. Son una parte tan familiar de nuestra cotidianeidad que rara vez nos planteamos cuál es el coste económico y medioambiental de producirlas. Sin embargo, puede que ahora que han dejado de ser gratuitas comencemos a entenderlo mejor.

El pasado 18 de mayo del presente año, el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicó el Real Decreto 293/2018 que obliga a los comercios, tiendas y supermercados a cobrar las bolsas de plástico que los mismos entregan a sus usuarios y consumidores. La nueva legislación entró en vigor el 1 de junio de este año y desde ese día prohíbe la distribución gratuita de bolsas de plástico en establecimientos de venta de comida.

El decreto establece una subida progresiva de los precios de estas, aunque también contempla excepciones, como las bolsas muy ligeras que envuelven alimentos a granel o productos higiénicos, además de las que posean al menos un 70 % de plástico reciclado. Tendrá vigencia hasta 2020, a partir de entonces, las bolsas fragmentables y de un espesor igual o superior a 50 micras que no tengan 50 % de plástico reciclado, no podrán ser entregadas de manera gratuita. Un año más tarde, en enero de 2021, las bolsas que sean ligeras o muy ligeras también comenzarán a cobrarse. El Real Decreto tendrá vigencia hasta 2020, puesto que, a partir del 1 de enero de ese año, aquellas bolsas fragmentables y de un espesor igual o superior a 50 micras que no tengan 50% de plástico reciclado, no podrán ser entregadas de manera gratuita y desde el 1 de enero de 2021, las bolsas que sean ligeras o muy ligeras también deberán cobrarse.

Esta medida de asignar un precio simbólico a los bienes que se quiere reducir ha demostrado ser tremendamente exitosa en otros países. Un precio tan bajo como 5 céntimos, que apenas marca una diferencia de precio respecto al total de la compra, fue suficiente para disuadir al 85 % de los consumidores en Reino Unido de adquirir una nueva cuando iban de compras.

Una cajera atiende a unos clientes cargados con bolsas de plástico. Fuente: Jorge Moragón

De esta manera, se consigue reducir la cantidad de plástico utilizado en elaborar bolsas sin prohibir estas totalmente, al mismo tiempo que se motiva a los ciudadanos a ser imaginativos y encontrar alternativas a la habitual bolsa de plástico que daban en la caja del supermercado para llevarse la compra a casa.

Esta es una mejor alternativa que la de promover la compra de bolsas de algodón, ya que, según un informe elaborado por el Ministerio de Medioambiente y Alimentación de Dinamarca, una bolsa de algodón tendría que ser reutilizada al menos mil veces para tener el mismo impacto que una bolsa corriente de plástico. Es decir, que sería mil veces peor para el planeta la compra de una bolsa de algodón reutilizable cada día que la de una bolsa de plástico.

Sin embargo, también es cierto que afectaría de diferentes maneras. Las bolsas de algodón suponen un problema durante el proceso de producción de su materia prima. Una plantación algodonera requiere, además de un clima cálido y húmedo durante largos periodos, una cantidad ingente de agua, tierra y fertilizantes. Por tanto, esta fibra tan habitual en nuestras vidas puede tener un coste medioambiental más alto del presupuesto habitualmente, que se añade a su sombrío historial de violación por los derechos humanos de los trabajadores implicados.

Cultivo de algodón en Uigur de Xinjiang (China). Fuente: National Geographic

Pero, por la otra parte, son muchos los efectos perniciosos del plástico sobre el medioambiente, como documentó una campaña de National Geographic con el llamativo nombre “Planeta o plástico”.

Se calcula que, en todo el planeta, alrededor de unos 5.700 millones de toneladas de residuos plásticos no pasan por una planta de reciclaje. Cada año, 8 millones de toneladas de estos desperdicios terminan su periplo en el mar. Entorno a un 40 % de todo lo que se produce cada año es material desechable y una gran cantidad de esta proporción se usa en envases diseñados para tirarlos a los pocos minutos de haberlo adquirido.

Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas de plástico son vertidos en el océano al año. Estos no proceden de los barcos pesqueros o de cualquier otro tipo, sino que se originan en los desechos que se tiran al suelo o a los ríos, y que posteriormente la torrentera arrastra hasta los océanos. Es como si cada año, lanzáramos al océano unos 8 millones de toneladas que quedan a merced de las corrientes de agua, concentrándose en grandes acumulaciones de basura que vagan en mitad del océano. La más grande de las que se calcula que existen en todo el planeta se halla situada entre Hawai y la costa de California y es conocido como el “gran basurero del Pacífico”. Este mar de plástico alcanza una superficie de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, y contiene al menos 79.000 toneladas de residuos plásticos.

Acumulación de plástico en el océano Pacífico. Fuente: National Geographic

Esto supone un gran problema porque el plástico dura mucho tiempo y buena parte de él flota, haciendo que muchos animales marinos lo confundan con su alimento y lo ingieran. Hasta el momento, hay pruebas documentales de que animales de unas 700 especies marinas han ingerido plástico o se han visto atrapados en él.

Cigüeña atrapada en una bolsa de plástico en un vertedero de España. Fuente: National Geographic

Algunos científicos de la Universidad de Hawái han demostrado que la degradación del plástico es una peligrosa fuente de gases que propician el efecto invernadero. Se sabe que el plástico libera una variedad de sustancias químicas durante su degradación, algunas de las cuales tienen un gran impacto negativo en los organismos y ecosistemas. Y así, la exposición a la luz solar de los plásticos más comunes, como las bolsas de los supermercados o el papel con el que se envuelven algunos productos, es susceptible de producir y produce, la liberación de metano y etileno, dos potentes gases a la hora de generar efecto invernadero. En misma línea, el polietileno, utilizado en las bolsas de compras de supermercados, es el sintético más producido y descartado a nivel mundial, y se ha encontrado que se del emisor más potente de ambos gases.

Algunas entidades, como el Ecoparque de Albacete, promueven la educación medioambiental mediante la recogida selectiva de residuos, ya que estos no pueden ser tratados como el resto de deshechos. Estos se almacenan en el ecoparque y posteriormente se reciclan. Es importante fomentar su uso entre los ciudadanos para asegurarse de que cada residuo es gestionado según sus características y no dañan al medio ambiente.

José Vicente Martí Boscà, coordinador de Sanidad Ambiental, considera que la situación de España en sanidad ambiental siempre ha sido débil. “Este país no forma parte de la vanguardia mundial” aclara antes de añadir que la implicación de los españoles en el cuidado del medio ambiente es “relativa”. “Teóricamente es muy alta”, explica, pero no es suficiente con la imagen de personas ecologistas que dediquen parte de su tiempo libre para recoger y clasificar residuos. “Es necesaria una acción más continuada, más potente y más de origen”, declara.

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Escrito por andrea_martinez el oct 31 2018. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Los comentarios y pings están cerrados por el momento.

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