Y pariremos la tierra

El pasado sábado descubrimos Russafa escénica, un reconocido festival de artes escénicas valenciano. El proyecto, nacido en el año 2011, ha conseguido un gran reconocimiento a nivel nacional. Lo original de este proyecto fue la creación de los denominados “bosques” y “viveros” en las calles del barrio valenciano. Los bosques son piezas teatrales de larga duración, una hora aproximadamente; mientras que los viveros no duran más de 25 minutos.  La innovación no sólo viene de la mano de los proyectos audiovisuales y teatrales, sino del atrevimiento de realizar cambios en la atmosfera del barrio de Rusaffa. No obstante, lo primero que llama la atención es observar los puntos amigables donde se realiza el festival. Es decir, los comercios, bares y galerías que conforman el ocio de la zona.

Ante una previa crítica del personal de Russafa, no más lejos que la de las becarias, nos decantamos por “Y pariremos la tierra”. El título, al igual que la sinopsis, no nos era nada sugerente. Sin embargo, aceptamos el reto (si eres lo suficientemente valiente para gastarte seis euros en una actuación tan breve).

Nada más entrar nos atrajo la idea de tener un contacto tan cercano e íntimo con la única actriz del reparto. La imaginación echó a volar, tanto que estábamos desconcertadas y un tanto, por no decir muy, perdidas. ¿El motivo? Imágenes transcurriendo, voces de chicas, ropa tendida, luz tenue humeante, ambiente tenso. Pero allí estaba ella,  y sus manos, como un primer plano ante nosotras, estrujando y escurriendo la ropa como si la vida se le fuera en ello. La sucesión de secuencias inconexas, sin raccord, ponía de manifiesto la falta de una idea general sobre lo qué estaba ocurriendo. O eso creíamos nosotras. Hasta que aquella figura de mujer, turbia y dramática, cobró vida. Entonces, en aquel momento, nos envolvió con su dialéctica. Estábamos ante un soliloquio, no comparable con el de Segismundo, claro. Segismundo es Segismundo.

Silvia Valero en Y pariremos la tierra. Fuente: Facebook Oficial

El desazón de la protagonista por no poder volver a la adolescencia, por no poder volver con sus amigas. Querer que su vida suba como la espuma, al igual que el éxito en su trabajo. Viajar, vivir… que la vida fuera siempre igual, igual de maravillosa. Mientras ahora, todo le sabe a nada. Ve la vida pasar, del salón a la cocina, de la televisión a sus propios pensamientos, estúpidos y banales, como “tengo muchas cosas que hacer mañana. Sí, mucho trabajo”.

Nuestras emociones, y la de los demás espectadores, en ese momento ya estaban a flor de piel, con esas hormiguitas corriendo por la columna. Y entre tanto, ella aclamando que era una más del “ejército de las embarazadas”, por si fuera poco. Un ejército en el que las expectativas se rompen, y que no tiene nada más que leche y viento para ofrecerle a sus hijos. Ni un padre, ni una huerta. Al parir, estará vacía, y “donde no había nada, ahora hay tierra”.

Y como concluyó ella, “qué hicimos aquí para quedarnos sin tierra”. En definitiva, su papel cobra vida de la faceta más existencialista que podría aspirar. Ya no caracteriza únicamente a su vida como algo que transcurrre y que ella observa como un mero espectador, como bien le ocurría a  Meursault en El extranjero. Sino que ahora su inquietud abarca más. Es decir, ahora percibe la vida azarosa como un ente vacío y sin esperanza para las nuevas generaciones como el hijo que guarda en sus entrañas.

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Beatriz Cabaleiro

Mariló Pérez

Escrito por beacaba el oct 1 2014. Archivado bajo Actualidad, Ocio, Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Los comentarios y pings están cerrados por el momento.

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